james cameron – POGO https://pogo.com.ar Wed, 20 May 2020 23:32:50 +0000 es-AR hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.4.6 https://pogo.com.ar/wp-content/uploads/2020/03/cropped-pogo-favicon-32x32.png james cameron – POGO https://pogo.com.ar 32 32 UN CORDOBÉS SUELTO EN HOLLYWOOD https://pogo.com.ar/un-cordobes-suelto-en-hollywood/ https://pogo.com.ar/un-cordobes-suelto-en-hollywood/#comments Wed, 20 May 2020 23:32:48 +0000 https://pogo.com.ar/?p=634 UN CORDOBÉS SUELTO EN HOLLYWOOD-POGOMientras él acaricia su bandoneón, entra Brad Pitt a interpelarlo. Linda Hamilton lo descubre y le hace un gesto a Arnold.]]> UN CORDOBÉS SUELTO EN HOLLYWOOD-POGO

CÁSTULO GUERRA

Mientras él acaricia su bandoneón, entra Brad Pitt a interpelarlo. Linda Hamilton lo descubre y le hace un gesto a Arnold que, fiel a su personaje, le apunta deseando estamparle un ¡hasta la vista, baby! Y lo vemos ahí, en el corazón mismo de la mítica Enterprise, debatiendo decisiones para salvar la galaxia. Y es un cura, un bandido, un médico, un señor. Se mezcla con los de Brigada A y también con los de ER Emergencias. Ahí está, jugando roles en un universo anhelado por la mayoría de los mortales. ¿Quién no sueña vivir en la “cocina” de Hollywood? Cástulo Guerra ha transitado un largo camino actoral para lograrlo; con una intensa actividad en cine, televisión, radio, teatro y videojuegos. Nacido en la Argentina profunda, con raíces en Córdoba, Salta y Tucumán, hace casi 50 años reside en Estados Unidos.

–Empecemos por su relación con Córdoba 

–Nací en la Calle Hualfin un viernes, 24 de agosto de 1945. Mi padre había sido trasladado desde Buenos Aires a la Escuela de Música del Ejército. Eran jóvenes y adoraban a Córdoba. Nací entre estudiantes de medicina que me apodaron “Pericles” y me quedó para siempre. Mi padre jugaba para San Lorenzo de Córdoba y se apareció en la maternidad con todo su equipo luego de jugar un partido. A través de una fértil tradición oral nuestra, Córdoba entró en mi mitología personal. Mi padre era criollo y mi madre era española. En 1929 mis abuelos cruzaron desde Granada a Buenos Aires con dos niñas, “en segunda porque no había tercera” solía decir mi abuela. Y llegaron a Córdoba porque tenían parientes y la promesa de trabajo en “el frigorífico”. Pero el mentado frigorífico le arruinó la salud a mi abuelo de 23 y se tuvieron que ir a Salta. De allí la alegría de mi madre de poder retornar, ya casada, a La Docta de su infancia. Mi padre tenía una familia numerosa en Salta. Su padre era maquinista del Ferrocarril. La noche de la Fiesta del Señor y la Virgen del Milagro mi abuelo paterno perdió sus piernas y la vida bajo su propia máquina. Corría el 1946 y Córdoba se negó una segunda vez. El destino hizo que me hiciera salteño. En Salta mi padre abrazó al justicialismo y años más tarde fue catorce veces a la cárcel por su colaboración con el movimiento de Perón. Yo le llevaba comida y ropa y siendo un chico me dije, “Esto no es para mí.” La fiebre, el fervor partidario, la lucha dejaron cicatrices en toda mi familia. Mi abuelo Andrónico, el ferroviario, había sido un luchador de Yrigoyen. Supongo que rompí esa cadena de lucha política. ¡Y me hice actor!

–Infancia en Salta y estudios en Tucumán. ¿Cuándo y por qué decidió que sería actor?

–Yo era un chico “impresionable” como cualquiera. Por alguna razón había estudiado inglés desde niño y esto me llevó a situaciones fortuitas que moldearon mi camino. En 1961 se filmó Taras Bulba, película de Hollywood, en Salta. Yo era bibliotecario de la Cultural Británica y me habían encargado copias del libreto para hacerlas en un viejo mimeógrafo. Me pasaron “el santo” de cómo ingresar a los campos de filmación sin ser visto. Eran terrenos militares y tras saltar varios potreros, cubierto de ladillas, aparecí justito en una loma detrás de las cámaras y del equipo técnico. Abajo, en un valle, se libraba una batalla entre cosacos y polacos. Muchos eran mis compañeros de cuarto año del Colegio Nacional. Cerca mío estaban Tony Curtis y Yul Brynner. El director gritó “¡Action!” y eso se metió derechito adentro mío.

Pero fui a estudiar medicina en Tucumán. Desde niño mi padre me había instigado, “Vas a ser médico como los muchachos de Córdoba”. Eso del cine era una fantasía de adolescente. Y he aquí como la vida parece insistir en moldear ciertos caminos. Rodando por las avenidas de Tucumán en 1963, pasé por el Teatro San Martín que estaba iluminado para una función. Atraído, saqué mi boleto y entré, como Alicia, al mundo de Pirandello. Seis personajes en busca de un autor. Bastó para “impresionarme” y empujarme hacia este extraño camino de ser actor. Dejé medicina, me inscribí en las Humanidades y en la flamante Escuela de Teatro de la universidad. Desde Tucumán participamos en el Festival de Teatro de Córdoba de 1968 y 1969. Tiempos febriles en Córdoba y en Tucumán.

–¿En qué circunstancias decidió emigrar a Estados Unidos?

–Una beca Fulbright me trajo a Estados Unidos en 1971. Y lo que debió ser solo un año de estudios dramáticos se hizo el resto de mi vida. Todo impensado. Dirigí una obra en Nueva York en 1972. Luego una beca de la Fundación Ford me dio pie para crear mi propio teatro de laboratorio y mi vida en la Manzana Grande.

–¿Cómo fueron los primeros tiempos? ¿Fue difícil la inserción en la industria cinematográfica?

–Siempre digo, mis doce años en Nueva York me hicieron hombre. Trabajé duro en sus calles. Hice teatro experimental. Entré al New York Shakespeare Festival de Central Park. Desde esta ciudad hice temporadas en teatros de Baltimore y Washington, D.C. Pero nada era suficiente o definitivo para subsistir. Mientras preparaba un piso de madera en SoHo para hacer mi trabajo unipersonal, Holiday for a Unicorn, aprendí el delicado oficio del terminado de pisos de madera. Y luego tomaba trabajos grandes cuando mi tiempo me lo permitía. En medio del terminado de un loft enorme en Greenwich Village, me salió una audición para una película. Fui de mala gana porque mi piso pagaba una suma importante, y porque los clientes me consideraban “el gurú de los pisos”. Entré a mi audición cubierto de polvo y con traza de pobre tipo. No me importaba. Pero los del casting se impresionaron y me dieron mi primer papel de cine a rodarse en Nueva York y en Los Angeles. Era Tal para cual, con John Travolta y Olivia Newton-John. Corría 1983 e inicié mi carrera haciendo el papel de un ángel que era basurero en la gran ciudad. El resto es historia.

–¿Nos puede compartir un poco de esa historia?

–Tener un departamento en el East Village de Nueva York era sagrado, y lo mantuvimos tres años más, aunque ya estábamos instalados en Los Angeles. Vino una lista de trabajos en cine, tv y teatro. Stick con Burt Reynolds; Terminator 2, Los sospechosos de siempre, Amistad, La mejicana, El Alamo, Bendíceme Ultima, La purga 2. Memorables y no tan. Falcon Crest, ER, Prison Break, Dallas, Jane the Virgin, Shoot, y una cantidad enorme de grabaciones para radio y tv. Confieso, ser argentino no siempre estuvo a mi favor porque no entra en la genética de Estado Unidos. Un actor supuestamente “hace de todo”, pero hay límites y territorios que están celosamente guardados. Tuve oportunidades, pero también muchos obstáculos. Aun así, trabajé con directores como Steven Spielberg, James Cameron, Martin Ritt, Bryan Singer, Carl Franklin; y actores como Arnold Schwarzenegger, Linda Hamilton, Barbra Streisand, Brad Pitt, Julia Roberts. Mi nombre nunca hizo fácil la cosa por razones obvias. Pero se es lo que se es, ¿no? ¡Y es lo que hay!

–Sabemos de su interés por el bandoneón

–El terruño no se me fue nunca. Y cuanto más avanzo en años y me adentro a lo que es este país del norte, el terruño crece adentro como un jardín secreto. Y ahí surge el bandoneón. Esa combinación de folklore y tango que va por las venas. La familia de Dino Saluzzi vivía cerca de mi abuela. El Cuchi Leguizamón fue profesor mío de historia en el Nacional. Mi relación con el fuelle es un romance muy tierno. Me lo consiguió mi madre en 1998 y me dijo, “¡Ah, pero tenés que venir a buscarlo che!” Aprendí a tocarlo para ella cuando iba a Salta. Hoy que ya no la tengo, toco para mí. Usé el instrumento brevemente en La mejicana. Y lo usé abundantemente en la obra Destiny of Desire, que se hizo en Washington, en Chicago y en Los Angeles. Se iba a extender esta producción este año, pero todo se truncó con esta plaga extraña en que vivimos.

–¿Viene a la Argentina con frecuencia? ¿Hay lazos que lo unen todavía con su país?

–Estuve en Salta a comienzos de 2018 para trabajar en dos proyectos. Un corto de Jose Issa con Roly Serrano, Hay coca, y un largometraje totalmente salteño de Rodrigo Moscoso, Badur Hogar. Hacer ambos trabajos fue como ponerme un par de zapatos viejos y me dio la pauta de la enormidad de trabajo que no pude realizar por estar en Estados Unidos. Un amigo me preguntó, “¿Qué es lo que más te impacta cada vez que volvés al país?” ¡El lenguaje! Y todo lo que ello implica. La cultura. Las raíces. Lo nuestro. Es irremplazable y difícil de describir. Es algo esencial. Un imponderable. Me quedan dos hermanas y algunos viejos amigos en Salta, que son mi cable a tierra. Salta, Tucumán, la Argentina, han construido una catedral en mi corazón.

–¿Cómo está viviendo esta situación especial que atraviesa el mundo con la pandemia? 

–Bueno, aquí estamos, viviendo todos en esta realidad separada de la pandemia. Que es o un encierro tremendo, o un retiro espiritual según se lo mire. Una puerta cerrada al exterior. Una ocasión de meterse una vez más, como Alicia, en un hueco hacia la creatividad y el conocimiento interior. Plantando, cocinando, leyendo viejos títulos, disfrutando de momentos juntos que se parecen a la eternidad. Haciendo música. Pintando. No todos estamos bien. Y hay dramas insospechados detrás de cada puerta. Un tío aficionado a la pesca solía decir, “¡Aura me queda poco hilo en el carrete!” Y se refería a lo que queda por vivir. Y este privilegio, este tener “poco hilo en el carrete” lo adentra a uno en ese jardín secreto de que hablaba. La prisa se desvaneció y ya el apuro no tiene sentido. Esta peste nos ha dado vuelta la realidad. Ahora sí… “lo de la fama es puro cuento…” Y de la riqueza ni hablemos. Entonces uno se encuentra en una situación única de intentar ver, casi por primera vez. ¡A ver qué encontramos! Siento pasión por estos vaivenes impredecibles de la vida. Por ejemplo, cómo es que una pareja de inmigrantes españoles llega de Granada a Salta. Cómo es el momento en que un joven militar salteño se enamora de una “galleguita” e intenta un recorrido lleno de piedras y sinsabores, aunque con un corazón. Cómo es que Taras Bulba y Seis personajes… Cómo es que me vengo a los Estados Unidos y me uno a una muchacha ruso-polaca descendiente de inmigrantes y no vuelvo más a la tierra de mis amores. Qué hizo que mi hija habla castellano, vive en Iowa y le hace empanadas a sus amistades los domingos. Cómo fue que mi hijo también habla en criollo, le gusta Spinetta, Fito Páez y que acaba de comprarse un vinilo de Goyeneche y de Troilo porque los mencionó Fito como ídolos en un programa. Y ni hablar del fútbol argentino y nuestros cracks queridos. Tévez, Kun, Messi, Ginobili. Es como que ese jardín secreto tiene vida, y corazón. Es el misterio de la huella.

–¿Un mensaje para jóvenes actores que desean emigrar?

–No tengo mensaje ni consejos porque me consta que el camino individual se va abriendo solo con el andar de cada uno. Si uno tiene la fortuna del don de una semilla, esa lucecita que te flecha la mente… el corazón y el andar se encargan del resto. Los argentinos somos gente de pasiones profundas y de enorme talento. Y hay una huella para cada uno. Como están los tiempos, y por ahora, migrar a otras partes puede ser complicado. A mí suelen preguntarme, “Pero ¿qué pasó que no te fuiste a Europa? ¿Madrid por lo menos?” No se dio. Tal vez porque estaba lustrando maderas de pisos en Nueva York; o vendiendo el semanario The Village Voice a los kioscos de subterráneos; o formando a miembros de mi teatro de Laboratorio; o haciendo talleres con la gente de Grotowski; o llevando a mis hijos a jugar al fútbol “nuestro” en una cancha de Pasadena. Tal vez porque estaba ocupado viviendo la vida que me vino… y nunca llegué a Madrid. ¿Errores? Los hice a todos. ¿Malas decisiones? A diario. Pero hay que saber escuchar. Porque siempre anda un duende cerca del oído que, aunque a veces tramposo, suele dictarte pequeñas guías y secretos cada vez que estás en una encrucijada. Hay que habitar el lugar donde uno está, esté donde uno esté. Siempre. A cada instante. El cine y la tv quedan grabados para la posteridad. Pero actuar en un escenario para algún público -porque no siempre hay un lleno- es un ejercicio existencial enorme. No solo no queda para la posteridad y acaba cuando cae el telón. Es una prueba de fuego al borde de dos mundos. Y he allí el misterio de este arte que ya conocían los griegos, romanos, los de Shakespare y Lope de Vega. Esa raza de otro mundo. La Argentina hace muy buen teatro y cine de categoría. Las trampas del comercialismo son idénticas en todas partes. Pero he ahí que llega un virus inesperado que lo para todo. ¿Qué saldrá de esta experiencia? Está por descubrirse. Y estamos reinventándonos. La tábula está rasa.

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El Colador de Acero https://pogo.com.ar/el-colador-de-acero/ https://pogo.com.ar/el-colador-de-acero/#comments Sat, 28 Mar 2020 23:18:00 +0000 http://pogo.com.ar/test/?p=195 El Colador de Acero-POGOSin darnos cuenta, durante décadas estuvimos disfrutando de blockbusters y best sellers con gusto a URSS. ¿Cómo nos llegó su ciencia ficción?]]> El Colador de Acero-POGO

Sin darnos cuenta, durante décadas estuvimos disfrutando de blockbusters y best sellers con gusto a URSS. ¿Cómo nos llegó su ciencia ficción?

En épocas de guerra fría y carrera nuclear era normal que ─así como en EEUU─ en la URSS se estimulara desde temprana edad la fantasía acerca de las posibilidades de la tecnología y su impacto en la vida de las personas. Gran parte de las más impresionantes historias de Ciencia ficción del siglo XX se escribieron en ese país. Algunas de las que sobrevivieron a la censura soviética y a la gigantesca sombrilla cultural norteamericana, han estado llegando hasta nosotros en forma masiva desde muchos soportes. ¿Por qué no nos dimos cuenta?

Heredera del Imperio romano de oriente, con sangre eslava y vikinga, la sociedad rusa estaba familiarizada desde hacía siglos con el folclore fantástico y con géneros que hoy podríamos llamar proto-ciencia ficción. Además, puede jactarse ─con total justificación─ de ser la cuna de genios de las letras y del arte en general.

Sin embargo fue la era soviética la que propició la explosión de esta forma de literatura. Porque, a diferencia de otros, el género nauchnaia fantastika (ciencia ficción) estaba en línea con el marxismo científico que fue inspirador de la propia URSS. Así, en época adulta, muchos de aquellos niños fascinados y asustados con ese mundo de revolución-guerra-posguerra se pusieron a escribir y dibujar lo que imaginaban. Como resultado, se convirtieron en autores de las más alucinadas creaciones de su literatura. Acá no las conocemos. O, mejor dicho, sí las conocemos pero no lo sabemos. 

La novela rusa “Nosotros” (1921), de Yevgueni Zamiatin (que le provocó a su autor problemas con las autoridades soviéticas) es una distopía futurista en la que la sociedad vive sometida a la inflexible autoridad del “Bienhechor”. El yo ha dejado lugar al omnipresente nosotros en un Estado Único y próspero. Allí se puede extirpar quirúrgicamente el “ganglio” de la fantasía para evitar “los problemas” que pueden aparecer al escribir libremente poesía o hacer música. Y existe un “Departamento Oficial para las Cuestiones Sexuales” que toma diariamente las mediciones hormonales de cada persona, y determina los días en que se debe tener relaciones de ese tipo. 

Esta novela inspiró a Aldous Huxley para “Un mundo feliz” (1932) y a George Orwell para “1984” (1949).

En “El universo de Noon”, una serie literaria de los sesenta, Arkadi y Boris Strugatski, cuentan que un humano se pierde en los bosques de un planeta llamado Pandora. Mientras trata de regresar a su base de operaciones científicas y militares instalada ahí por los terrícolas, vive con los nativos y se enamora de una alienígena de nombre Nava. 

James Cameron, no muy sutil, tomó de ahí su idea para el blockbuster “Avatar” (2009).

Otras historias traspasaron el Telón de Acero y entraron al occidente capitalista de forma directa gracias al cine. Muchos de los lectores de estas líneas deben recordar, por ejemplo, la película rusa “Stalker” (1979), de Andrei Tarkovski. Tuvo una accidentada producción, se quemaron los negativos y hubo que rehacerla casi desde cero y con muy poco dinero. Pero así terminó convirtiéndose en una de las obras de culto del lenguaje cinematográfico de todos los tiempos.

El argumento está basado en una novela corta, también de los hermanos Strugatski, “Picnic al borde del camino” (1972). Aquí, tras la breve visita de unos seres extraterrestres que no hicieron contacto con humanos, “la zona” de aterrizaje fue arrasada. Un área bastante grande, incluida parte de una ciudad, quedó inhabitable. Salpicada de toxinas inmundas y objetos extraños, tal y como queda el sitio en el que las pequeñas formas de vida son aplastadas por los viajeros al estacionar su auto para bajar a estirar las piernas o fumar un cigarrillo. Debido al desastre y al hecho de que las leyes físicas habían quedado ahí alteradas de formas incomprensibles para la ciencia, el área fue cerrada. La ONU determinó mantenerla bajo investigación a través una serie de laboratorios instalados cerca. El libro cuenta la historia de uno de los “stalkers”, gente que se juega la vida entrando ilegalmente para guiar a curiosos a cambio de dinero; o para conseguir artefactos abandonados por los visitantes y luego venderlos en el mercado negro.

La película de Tarkovski tiene algunas modificaciones con las que los escritores estuvieron de acuerdo. Había que ajustarla a las posibilidades tecnológicas y presupuestarias que tenía aquel a fines de los ’70.  

“Picnic…” también inspiró al escritor y guionista norteamericano Michael Crichton, autor de Jurassic Park y varios best sellers. En este caso, a partir del artefacto más misterioso e importante de la novela, haciéndolo aparecer en una de sus obras, “Esfera” (1987). Esta también se adaptó a la pantalla a fines de los noventa y fue protagonizada por Dustin Hoffman, Sharon Stone y Samuel L. Jackson.

Quizá podamos considerar lo que sostiene el cineasta Jim Jarmusch acerca de la preocupación por hacer algo “original”. Él dice que eso no existe. Todo es una versión de algo previo. Lo único valioso ─agrega─ es la autenticidad. Y cita a Godard sobre la pregunta por la inspiración artística: “No importa de dónde saques las cosas, lo que importa es a dónde las lleves”.

Al leer ciencia ficción rusa se puede entender que los sueños y pesadillas no diferían mucho entre los dos actores de aquel mundo bipolar y sobre-ideologizado. Y se puede encontrar, escondido a plena vista, un aspecto de la personalidad rusa que de otro modo nunca conoceríamos. Ellos conviven con ciertas “zonas”. En su imaginario pesan los cementerios de la industrialización acelerada de la URSS, y los de la pugna por su supremacía nuclear. Un videojuego ucraniano que, en un guiño, se titula “S.T.A.L.K.E.R.: Shadow of Chernobyl” hace referencia a esta idea de que hay llagas supurantes en el territorio. Un territorio cargado de misticismo y que defienden con la vida.

Las que mencionamos no son las únicas obras de SciFi que inspiran a autores de otras sociedades, también oprimidas o víctimas inconscientes de la autoexplotación a la que las invita la posmodernidad. Y difícilmente sean las últimas que hablen de la tecnocracia y de la incapacidad de los gobiernos para responder adecuadamente a las demandas y consecuencias de un desarrollo científico siempre tributario de la lógica de mercado.

Mientras tanto, mientras se escriben nuevas historias, los trabajadores del Ministerio de la Verdad, los habitantes del mundo feliz de Pandora ─o del de Huxley─, y los melancólicos stalkers rusos, se adueñaron del espíritu romántico con el que intentamos atravesar las “zonas” que, como humanidad, más nos duelen. 

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