SIETE

Una bici más grande, me dijo que me iba a conseguir. El amigo nuevo de mi mamá. El otro día mi mamá me dejó ir con él al súper. Me compró caramelos. Y chupetines. De los grandes. Él también anda en bici. Con un cajón de plástico en el asiento de atrás, donde dobla y mete los cartones. Algunos días salen a buscar cartones juntos con mi mamá. Entonces yo me quedo sola acá. Me quedo tirada en el colchón o jugando con los perros que vienen. A mi mamá no le gustan los perros, dice que me pueden morder, que pueden ser rabosos, babosos, algo así. Pero los perros pasan si quieren, pisan todo, se acuestan. Las telas, sábanas, colchas, que ató mi mamá entre los árboles no sirven para que no pase un perro. Y cuando llueve, menos, ahí no sirven para nada. Cuando llueve mucho picamos corriendo para abajo del puente. Si no, nos gana el lugar el otro viejo malo. Guñón, glunón, algo así le dice mi mamá.

Una bici más grande, me dijo. Ojalá. La que me dieron la otra vez es muy chiquita. Y yo ya tengo siete. Él me dijo que estoy grandecita ya, que necesito una nueva. Que me la va a conseguir, que sabe quién nos puede dar una. Le dijo a mi mamá si me dejaba acompañarlo a buscar la bici. Mi mamá me dijo que sí. Si es bueno.

Ahora vamos en su bici. Él maneja, claro. Yo le pregunté si me dejaba manejar a mí. Pero era broma, no llego a los pedales, y no tengo tanta fuerza. Además estoy cansada. Él se rió. Es rara la risa que tiene. No sé cómo decirlo, no se me ocurre otra forma. Es rara. Como tarde, se ríe, no cuando le tocaría reírse, sino más tarde, como esos autos que no arrancan cuando el semáforo da verde, y los de atrás le tocan bocina. A lo mejor alguien le tiene que tocar bocina para que se ría cuando se tiene que reír, no sé. Él pedalea, y yo voy parada atrás, sobre el cajón de plástico, agarrada a su cuello para no caerme.

Llegamos a una estación. Subimos a un tren. Una señora me mira. No deja de mirarme. Me escondo detrás de las piernas de Carlos. Porque se llama Carlos el amigo de mi mamá. Hay uno allá en el barrio que se llama así también. Ya conozco dos Carlos. Es más grande ese. Todo canoso. Y me sabe llevar comida a veces. Vive en una casa. La que tiene pared celeste. Celeste como los ojos de la señora esa que no dejaba de mirar. Hace calor acá adentro. Mucha gente. Carlos me da la mano.

Caminamos un poco. Ahora volvemos a andar en bici. No conozco este lugar. Después de unas cuantas cuadras, llegamos frente a una panadería y él frena. Me dice que vaya a pedir un poco de pan. Bajo y pido. Me dan tres bollos. Los comemos y seguimos.

Se está haciendo de noche. Llueve finito. No me gusta la noche.

Ya es de día. Caminamos. Tomamos agua en el baño de un bar. Me paro arriba de un tacho, y me quedo un rato mirándome en el espejo, está todo como borroso, y se me ve la cara toda torcida jaja. Cuando salgo del baño, un señor me da una factura. Ya no llueve, aunque las calles están llenas de charcos y de barro. Nos subimos de nuevo a la bici, y vamos hasta otra estación. Nos subimos a otro tren. Le pregunto a Carlos si estamos volviendo con mi mamá. Me dice que todavía no. Que vamos a buscar la bici. Parece que queda bastante lejos el lugar donde está la bici.

Llegamos a otro lugar. No lo conozco. Son de tierra las calles, así que hay más barro. Caminamos. Pateo una botella de plástico por varias cuadras. Soy una genia pateando, ni una vez se me fue para el lado de los autos. Cuando sea grande voy a ser juegadora. Voy a jugar en Boca, y voy a hacer ocho mil quichicientos goles.

Al rato paramos en una verdulería. Carlos vuelve con tres naranjas. Nos sentamos debajo de unos árboles, y las comemos. Unas está medio blanda, amarguia creo que se dice, pero la como igual.

Se hace de noche. Él me agarra de la mano. Caminamos. Está oscuro. Mi mamá no me deja andar güelteando sola cunado está oscuro. Otra noche. No me gustan las noches. No me gusta lo que pasa en las noches.

Esta mañana me desperté yo antes que él y me fui a revisar bolsas. Encontré una taza azul que me gustó y me la llevé. Una parte chiquita rota al costado tenía nomás. Igual Carlos cuando llegué me dijo que la tirara. Yo la dejé en suelo y estuve un rato tirando piedritas desde lejos para embocarlas. Emboqué un montón, en eso también soy una genia, pero prefiero ser juegadora de Boca cuando sea grande. Como Carlitos Tévez. ¡Eh! ¡Me acabo de dar cuenta que ya son tres Carlos los que conozco! Este Carlos, el amigo nuevo de mi mamá, se despertó ahora porque cada vez que la embocaba una piedrita yo gritaba gol. Mi mamá siempre dice que soy gritona.

Nos subimos en la bici y seguimos andando. Al rato paramos y caminamos. Después nos subimos y seguimos. Carlos le puso unos cartones al cajón de la bici donde me paro, así que ahora puedo ir sentada ahí, y los cartones me cubren del frío.

Quiero volver. Mi mamá a veces se enoja, sobre todo cuando fuma se enoja y me empuja, o se queda ahí como estatua mirando dura cualquier cosa y yo le hablo y no me contesta nada, pero quiero volver con ella. Le digo a él, que quiero volver. Me dice que estamos yendo a buscar la bici. Que no tenemos apuro por volver, que después vamos a volver.

¿Cuánto de lejos pueden quedar los lugares donde están las bicis más grandes, para las chicas grandecitas?

Otra noche. No me gustan las noches. No me gusta lo que pasa en las noches.

Me despierta un griterío. Estoy arriba de la bici, salimos más temprano hoy, estaba cansada y me quedé dormida en el cajón. Casi siempre estoy cansada. Espío por los huecos de los cartones. ¿Por qué hay tantas luces? Son azules, las luces. Me levanto para ver mejor. Carlos frena. Viene un auto grande de la polecía. Espero que no empujen, siempre empujan. Y gritan. Una polecía mujer llega caminando despacio. No me empuja. Hasta parece contenta y todo. Se saca su campera y me la pone. Me queda gigante. Parezco polecía ahora ja ja ja. Maia polecía. A Carlos se lo lleva el otro. Hola Maia, me dice la mujer polecía. ¿Cómo sabe cómo me llamo? Te vamos a llevar  con tu mamá, me dice, y me alza como si fuera un bebé.

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