LA ÚLTIMA GENERACIÓN

EDITORIAL

Nací en la década del sesenta y, por lo tanto, pertenezco a la última generación que guarda algún recuerdo directo de esos días que cambiaron el mundo. Por mi casa anda dando vueltas una edición en inglés del “Animal Farm” de George Orwell, a la que mi trazo infantil rayó por todos lados con dos palabras que habré escuchado por ahí: Che Guevara. Mi papá me hacía dormir cantándome canciones del Club del Clan y un sábado a la tarde pude ver a los Beatles en un televisor en blanco y negro. Pero en ese momento todavía estaba en el jardín de infantes y no lograba comprender las diferencias entre una música y la otra.

Una noche, en pleno cumpleaños de un amigo del barrio, nuestras madres nos gritaron que nos tirásemos debajo de las camas cuando las balas empezaron a rebotar en las baldosas del patio. Desde un helicóptero del ejército le disparaban a un supuesto grupo terrorista que había intentado atacar un supermercado a la vuelta de mi casa. Apenas unas semanas antes, habíamos avistado otros helicópteros militares que buscaban detectar los focos de resistencia del Cordobazo. Mientras tanto, mi mamá me traía tachos de helado vacíos de su almacén, para que yo los usara como tambores de batería, con el agregado de un cenicero de metal a manera de platillo. Desde el tocadiscos, sonaba Creedence Clearwater Revival.

Si así se vivieron los sesenta acá, en los confines del planeta, cabe imaginar cómo habrá sido el asunto en los Estados Unidos. Quentin Tarantino, que tiene más o menos la misma edad que yo, nos estrujó el corazón el año pasado con “Érase una vez en Hollywood”, una película que no es más que un homenaje a ese decenio glorioso, cuyo espíritu debe haber calado hondo en ese niño que luego sería el enfant terrible de la industria cinematográfica. Henchido de nostalgia, se dio el lujo de filmar hoy tal como se hacía medio siglo atrás, ya que en ese entonces era demasiado pequeño para semejante empresa.

Otro nativo sesentoso, Aaron Sorkin, acaba de estrenar en Netflix el largometraje “El juicio de los 7 de Chicago”, cuya acción principal transcurre entre 1968 y 1969, el mismo periodo abarcado por el film de Tarantino. En este caso, Sorkin subraya el contraste entre la arbitrariedad conservadora de la corte judicial y la ingenuidad revolucionaria de los activistas que son acusados de promover una conspiración. Sobre una historia real, la película aporta, a su manera, otro testimonio melancólico de una edad dorada, idealizada y romantizada. Cuando nosotros ya no estemos, no quedará nadie que pueda de verdad reclamar para sí el derecho de añorarla.

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