LA CIENCIA EN EL LODO

EDITORIAL

La ciencia en medio de los medios

Hace algunos días aterrizó en Ezeiza el avión de AA que transportaba desde Moscú la primera entrega de la vacuna Sputnik V. La cobertura mediática fue del todo predecible. Por un lado, medios oficialistas exhibieron un entusiasmo desmedido que parecía más una toma de posición contra sus contrincantes mediáticos que genuino júbilo por los eventuales beneficios que la vacuna traería a los sectores más vulnerables y expuestos al COVID-19: adultos mayores y personal de salud. Por el otro, los medios hegemónicos, desde que se anunció meses atrás el acuerdo con el gobierno de Rusia, procedieron como un poder que se dice hegemónico debe proceder: en lugar de informar sobre los hechos de la realidad -intercedidos naturalmente por sus intereses, motivaciones e idiosincrasia- informaron, e incluso polemizaron, sobre la propia realidad que desde hace al menos una década ellos mismos vienen construyendo. En este ambiente social profundamente atravesado por la influencia de los medios de comunicación y la reproducción masiva de sus contenidos en redes sociales, tiene lugar la opinión de los expertos, a quienes en nombre de la ciencia se les exigen respuestas binarias y espontáneas. Las afirmaciones de la ciencia, sin embargo, suponen un contexto de matices delicados; y sus métodos, un desarrollo en el tiempo que es incompatible con el inmediatismo de los diarios, la TV o la radio. En esta superposición de lógicas, la argumentación y el rigor metodológico a los que la ciencia aspira -o debería aspirar- juegan su partido con hinchada visitante en la altura de La Paz. La percepción pública sobre la ciencia, en este escenario, muta a la desconfianza, el escepticismo, y en último término, a variantes de negacionismos.

Los números de la actual crisis de confianza en la ciencia

En un extenso documento publicado en el año 2018 en Wellcome Global Monitor se presenta un estudio de escala planetaria sobre la percepción pública de la ciencia y los principales desafíos que afronta en el ámbito de la salud. La infografía que se presenta a continuación expone en términos de poder adquisitivo el índice de confianza que la población mundial tiene en lxs científicxs. El porcentaje de personas que respondieron tener alta confianza, confianza media, baja confianza, que no sabían o que se negaron a responder, no exhibe tendencias claras en relación con el nivel de ingreso de los distintos grupos sociales. (Fig. 1)

Figura 1: Sólo la confianza media en la ciencia crece tenuemente a la par del poder adquisitivo.

Los gráficos que se presentan a continuación discriminan por países la confianza en médicos y enfermeras (fig. 2), así como en hospitales y centros de salud (fig. 3). En el contexto regional Argentina se posiciona junto con Uruguay como el país con mayor grado de confianza, en tanto que a escala global, el nivel de confianza de nuestro país es medio-alto. Una vez más se constata que la variable del poder adquisitivo no determina con claridad un grado mayor o un menor de confianza; en estas dos infografías vemos, por ejemplo, que países como India y Dinamarca presentan porcentajes semejantes.

En cambio, el poder adquisitivo sí resulta un factor relevante en los valores sobre la percepción de confianza en las vacunas. (Fig. 4) Se observa por ejemplo que en la región del Sudeste Asiático, África y Sudamérica, hay un fuerte acuerdo en la seguridad de las vacunas en comparación con Europa y los territorios del norte de nuestro continente (más precisamente, EEUU, Canadá y Groenlandia).

Figura 4: El amarillo se muestra el porcentaje de personas que manifiestan una alta confianza en las vacunas.

No obstante, en términos generales el resultado del estudio da cuenta de que la falta de confianza en la ciencia es un fenómeno global; y que los factores estadísticos de mayor influencia no responden al nivel educativo alcanzado por un sector social. Esto se concluye incluso para el caso de la confianza en las vacunas, donde la tendencia crece positivamente en regiones de menores ingresos. En este caso, las variables ingresos-nivel educativo no van siempre de la mano:

“No existe una relación global obvia entre los niveles de educación científica y la confianza en las vacunas. En algunos lugares, como el norte de Europa y América del Norte, es menos probable que las personas con niveles más altos de educación científica estén muy en desacuerdo o algo en desacuerdo con la afirmación de que las vacunas son seguras. En otros, como Europa del Este, África Central y África del Sur, ocurre lo contrario. En lugares como América del Sur, América Central y México, y el Medio Oriente, no hay una diferencia significativa entre las personas con niveles más altos de educación científica”.[1]

Ahora bien, llamativamente un aspecto que afecta la percepción pública de la ciencia es la desconfianza en las instituciones del estado:

La encuesta también encontró que el nivel de confianza que la gente tiene en sus instituciones nacionales -su gobierno, sistema judicial y militar- fue un buen indicador de su nivel de confianza en la ciencia. Esto sugiere que para involucrar a las personas con la ciencia de manera efectiva, no podemos ignorar cómo se sienten las personas sobre su contexto social más amplio y su relación con el poder y las instituciones, aunque en última instancia tienden a confiar más en los científicos que en el gobierno o el ejército.[2]

Este factor nos trae de regreso a lo planteado inicialmente en torno al rol de los grandes medios de comunicación, un poder performativo en permanente tensión y disputa de intereses con la capacidad transformadora de la política a través de sus instituciones democráticas.

Como muestra, alcanza un botón

El jueves de la semana pasada, en el principal matutino cordobés se publicó una nota titulada La falta de información, la principal falencia de la Stutnik V respecto de la Pfizer en la que se citan estas palabras de Gabriel Morón, especialista en inmunología y vacunas del Conicet en Córdoba:

“La autorización apresurada dispuesta por Vladimir Putin, cuando no había ni empezado la fase 3, no sirvió para la confianza del público y de los científicos (…). La mala fama del gobierno ruso manchó la buena reputación de su ciencia. Aunque científicamente podría decirse que no es intachable, porque están retaceando información, pero es una muy buena vacuna. La mayor crítica es política, por el vínculo de Rusia con Venezuela y porque es el país ‘enemigo’ de EE.UU”.

Las palabras citadas revelan la interacción entre dos discursos bien diferenciables, el de la política y el de la ciencia, dos planos discursivos y una realidad en la que ciencia y política se miran entre sí pero no sabemos si se tocan. Quienes defienden la completa neutralidad y autonomía de la ciencia respecto de los sistemas de intereses de otras instituciones, dirán que no se tocan, o que al menos de ningún modo deberían tocarse. Se trata en este caso de una posición epistemológica que con justicia puede ser calificada de naïf. Los medios oficialistas en gran medida inducen a sus devotxs a adoptar una visión de la ciencia en la que sus desarrollos estarían completamente blindados de factores externos (e. g., intereses económicos, ideologías, creencias religiosas, etc.). Y si nos paramos ahora en la vereda del frente, la defensa de la no-neutralidad de la ciencia requiere de un análisis pausado de las condiciones de producción y validación del conocimiento científico; adoptar una tal visión de la ciencia de ningún modo autoriza a que extraigamos apresuradas conclusiones, como aquellas de las que parece hacerse eco la nota periodística que estamos considerando. Como muchxs ya saben, las condiciones para el desarrollo científico responde a estándares estrictos -los cuales, por supuesto, tampoco están exentos de críticas profundas- que poco tienen que ver con la percepción pública por parte de nuestrxs compatriotas de las relaciones entre Rusia y Venezuela. Así expresado, resulta claro que la injerencia de factores coyunturales, en parte existentes y en parte construidos mediáticamente, no constituyen argumentos en contra de la eficacia de la Sputnik V. Lxs devotxs de los medios que iniciaron una campaña de desprestigio de la vacuna Rusa, son inducidos a profundizar su desconfianza en la ciencia pues la suerte de la ciencia estaría atada a la desconfianza en las instituciones de los estados, actualmente, una piedra en el zapato para la lógica de monetarización de los medios hegemónicos. De acuerdo con esto, la desconfianza en la ciencia no sería el resultado de una sociedad que ha adoptado una actitud crítica, un posicionamiento epistemológico elaborado, respecto de la ciencia, sino la consecuencia de un gran negocio en el marco de las actuales pujas de poder capitalista.

Teoría vs. Práctica: una digresión histórica

Haciendo a un costado la discusión que entrevera la ciencia con el cuarto poder, la propia lógica del capitalismo imperante en nuestros días demanda la formación de expertos y profesionales al servicio de intereses específicos. Frente a esto, las universidades públicas enfrentan desde hace décadas, pero con mayor empeño a partir de la sanción en 1993 de la Ley Federal de Educación, la presión permanente del sector privado para adaptar la currícula de las distintas carreras de grado y posgrado “al mundo en que vivimos”, o lo que es igual, a las actuales lógicas del mercado. Esto abarca la formación de técnicos y profesionales de los más diversos ámbitos, incluyendo abogados, programadores y psicólogos. La pregunta que surge en el marco de la presente nota es si la formación de investigadores científicos queda resguardada de esta lógica mercantilista. Sin duda que no, especialmente cuando de ciencia aplicada se trata. En efecto, en tanto que la teoría desde los tiempos de la academia de Platón fue concebida como la verdadera expresión de lo inteligible, el producto más acabado del espíritu humano, la ciencia que se valió de instrumentos materiales para intervenir en el mundo fue considerada de mucho menor valía. En un conocido pasaje de Plutarco, donde se revisa la participación de Arquímedes con sus máquinas en la defensa de Siracusa del ataque de Marcelo, el autor señala que todo desarrollo científico que estaba dirigido a ciertos fines prácticos, a partir de los preceptos de Platón, devino un conjunto menguado de técnicas al servicio de las artes militares, y por ende, devino un saber situado varios escalones más abajo de la verdadera ciencia.[3] Incluso los propios historiadores de la ciencia en sus reconstrucciones de los desarrollos científicos blindaron durante siglos a la teoría de todo elemento que remitiera a la intervención en los hechos de la realidad. Esta tajante distinción entre teoría y aplicaciones prácticas opera con fuerza en nuestro imaginario de la ciencia. Así, ni el más apegado a ideas antisemitas desacreditaría hoy -al menos en su foro interno- la teoría general de la relatividad argumentando el origen judío de Albert Einstein. Pero los desarrollos que entrelazaron algunos de sus elementos teóricos con determinadas aplicaciones de la ciencia, sí iban a quedar completamente expuestos al escrutinio público, por caso, el desarrollo de armas nucleares -el cual no habría sido posible sin la base conceptual provista por la teoría general de la relatividad. Por otra parte, es el propio ámbito de la ciencia aplicada el que ingresa por distintos canales al debate público, y por tanto, es la ciencia aplicada la que está asediada por las tensiones y el humor social que danza al compás de una determinada agenda mediática.

En pocas palabras, el grado de confianza en la ciencia en gran medida se acota al dominio de la ciencia aplicada, aquella que, a diferencia los prístinos desarrollos teóricos, da batalla en el lodo contra los intereses político-económicos del sistema. Este es el caso de las investigaciones para el desarrollo de vacunas. La inclusión de la dimensión epistemológica en la currícula de los actuales trayectos formativos de educación superior bien podría ser el caballito de batalla contra la actual tendencia mercantilizante de la mayoría de los centros de altos estudios de nuestro país. Bajo el debate actual en torno a las vacunas subyacen abigarradas y no siempre consistentes concepciones sobre la naturaleza del conocimiento y el valor social de la ciencia.


[1]    “There is no obvious global relationship between levels of science education and vaccine confidence. In some places – like Northern Europe and Northern America – people with higher levels of science education are less likely to either strongly or somewhat disagree with the statement that vaccines are safe. In others – like Eastern Europe, Central Africa, and Southern Africa – the opposite is true. In places like South America, Central America and Mexico, and the Middle East, there is no significant difference between people with higher levels of science education”( Education levels influence confidence in vaccines differently in different regions).

[2]    “The survey also found that the level of confidence people have in their national institutions – their government, judicial system, and military – was a good predictor of their level of trust in science. This suggests that in order to engage people with science effectively, we cannot ignore how people feel about their broader social context and their relationship with power and institutions, even though they ultimately tend to trust scientists more than the government or military” (Level of confidence people have in their national institutions).

[3]    Esta técnica tan apreciada y famosa de la construcción de mecanismos empezaron a promoverla los del círculo de Eudoxo y Arquitas, dando variedad a la geometría con lo elegante y fundamentando problemas de demostración difícil mediante el razonamiento y los diagramas en ejemplos sensibles y mecánicos — como el problema de las dos medias proporcionales, que es elemental y necesario para muchos trazados de figuras; ambos lo llevaron a construcciones mecánicas, ajustando ciertos mesógrafos obtenidos a partir de líneas curvas y segmentos— . Pero como Platón se indignó y les reprochó haber destruido y echado a perder la bondad de la geometría al sacarla de lo incorpóreo e inteligible hacia lo sensible y hacerla utilizar elementos corporales que requerían muchos trabajos manuales penosos, entonces se juzgó que la mecánica caía fuera de la geometría y, despreciada mucho tiempo por la filosofía, vino a ser una de las artes militares. (Plutarco, Vidas Paralelas, Gredos Ed. Madrid, p. 142)

1 comentario
  1. […] [1]    Sobre la desconfianza en la ciencia, ver la siguiente nota publicada en esta revista: La ciencia en el lodo […]

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