EL CORONAVIRUS QUE LLEVO DENTRO

Por María Miranda

Apago la tele, desconecto internet y escondo el teléfono en una rebelión personal levantada contra todas las plataformas digitales y alternativas tecnológicas con las que pretenden embarullar este encierro.

Me quedo así, con la mirada atenta en un pensamiento que sueña horas de insomnio.

¿Cómo le hacemos con el tiempo cuándo es lo único que nos sobra? ¿ Cómo ordenamos las horas en tantos planes que, por supuesto, siempre haremos en un mañana que no sabemos si llegará, como nadie sabe ni supo nunca?

Me gusta jugar con el soliloquio que me desafía desde la ventana desierta hasta la puerta cancelada a la risa de los chicos que hasta ayer nomas entraba sin aviso.

Y entonces empieza el misterio de desandar caminos que se fueron postergando, como aquella vez que no te abracé cuando era lo único que podíamos hacer.

Le pregunto a mis horas por qué todavía no visité a Benicio, ni subí el Camino del Cuadrado ni llegué hasta la casa de mi tía… Pobre tía, ella que ya no tiene el tiempo con el que yo juego en esta cuarentena real de un Coronavirus imaginario.

¿Y si es a eso y solo a eso para lo que llegó este pandemonio de pausas y silencios colectivos?

¿Y si además de aprender a estornudar, lavarnos las manos y usar alcohol, lo que realmente tenemos que aprender es a aceptarnos así; finitos, reales, solos, frágiles…?

Y si este virus que nos atrapa en este, nuestro tiempo y espacio, nos viene a decir que esto es todo lo que tenemos y que está siendo hora de que lleguen esas horas para por fin hacer lo que postergamos pensando en que mañana… siempre mañana…

¿Será que el planeta nos está invitando a reconocernos, harto ya de que lo andemos de derecho y de revés sin haberlo mirado? ¿Será que tuvo que sacudirnos para anunciarnos que estamos dormidos pero  vivos y tan, pero tan lejanos? Tropezando en bares, aeropuertos, trenes, colectivos y baños públicos con la torpeza de no reconocernos, aún sin conocernos. Sin invitarnos a descubrirnos, a darnos en cuerpo y alma y ahora, justo ahora que no podemos…

¿Será que nos está obligando a una cuarentena de madre? Así como esa que hicimos todos cuando por meses nos fuimos formando, creciendo, preparándonos para lo que no sabíamos que no sabíamos.

¿Y si ahora es algo así? Estar a solas con nuestra memoria y lo que somos, cuidándonos para poder cuidar y armándonos para salir de nuevo, pero esta vez sabiendo lo que sabemos.

¿Y si la propuesta es que mañana, cuando todo pase, porque pasará como siempre pasó todo, nos volvamos a encontrar después de tanto tiempo a solas y nos comencemos a mirar? Pero a mirarnos realmente.  A descubrirnos de nuevo, como ciegos atentos a los brillos y colores o como quien come por primera vez y paladea gusto por gusto.

¿Y si al final, después de internet y plataformas, soliloquios, alcoholes y silencios, cuarentenas, muertos, miedo y memorias propias y colectivas, lo que nos queda es encontrarnos en el desafío de haber aprendido a estar con quienes somos en este tiempo de juntos pero lejanos y de espíritus cibernéticamente solidarios? Este tiempo de contagiarse para aprendernos de nuevo.  Así, como al inicio de cada historia.

 

María Miranda

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