CUANDO ESCUCHO LA PALABRA CULTURA…

EDITORIAL

                    “Wenn ich Kultur höre…

                    entsichere ich meine Browning!”

                    (Cuando escucho la palabra cultura…

                    ¡le quito el seguro a mi Browning!)

Nadie ha podido encontrar al verdadero autor de esta destemplada frase. La mayoría se la atribuyen a Joseph Goebbels, los menos a José Millán-Astray; pero los realmente entendidos afirman que nació de la pluma del genuflexo (o asustado) dramaturgo expresionista alemán Hanns Johst, que en ocasión de estrenar una pequeña obra en celebración del cumpleaños de Hitler, la puso en boca del personaje de Leo Schlageter (soldado-mártir, ícono del nazismo).

La cultura siempre ha sido un problema engorroso para el poder. Y mientras más fascista es ese poder, más conflictivo se vuelve el asunto. Para los gobiernos es un mal necesario. Un fastidio ineludible. Una pústula supurante ubicada a milímetros del borde rugoso del orificio del culo. Porque la cultura favorece al librepensamiento y el librepensamiento atenta contra el poder instituido.

Es justo decir que a ambos lados del espectro político han encontrado los convenientes subterfugios para convivir con ella, pero poniendo sus inflexibles condiciones. Para el liberalismo la cultura es un negocio que debe explotarse de acuerdo a un principio de oferta y demanda, mientras que para el progresismo es un recurso de adoctrinamiento basado en la figura del “artista comprometido”. Partiendo diferencias salomónicas podríamos concluir que -como sucede habitualmente- ninguna de las dos posturas es totalmente errada, ni totalmente acertada.

Quizás el ejemplo más palpable de la interpelación de ambas posiciones lo vivimos en el año 2015 cuando el flamante gobierno de Cambiemos “cambió” –valga la redundancia- las autoridades del INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales), reemplazando a la Lic. en Ciencias Políticas Lucrecia Cardoso por ex productor de Pol-Ka y Patagonik Alejandro Cacetta. De esta manera la nueva administración ya preanunciaba su preferencia con respecto a la política cinematográfica: se destinaría mayor presupuesto a las superproducciones salidas de las superproductoras (curiosamente Pol-ka, Patagonik, etc.) en detrimento de los Planes de Fomento Federal que se impulsaron durante la última etapa del gobierno de CFK. Sin extinguirlos, les destinaron un mínimo de fondos. El mensaje era claro. “Dejemos de financiar películas horribles y sin taquilla con la plata de los contribuyentes y apoyemos a los grandes filmes que, a la larga, se autofinancian”, se le escuchó decir “ofderrecor” a cierto funcionario de calva indecisa y voz ronca del área de Contenidos Públicos.

POR AMOR AL ARTE

Desarrollar la industria cultural desde el mercado o fomentarla desde el estado. Dos visiones antagónicas que generan tanto debates como suspicacias (parafraseando a Adrián Suar). Es cierto que los Planes de Fomento kirchneristas estuvieron plagados de irregularidades y no fueron pocos los proyectos que quedaron a la deriva por triangulaciones y desvíos de fondos, pero también es cierto que la gestión macrista dejó sin trabajo a toda una incipiente fuerza laboral audiovisual que empezaba a florecer, particularmente en el interior del país. Lo de siempre. La eterna lucha entre el Estado corrupto y el privado egoísta e insaciable.

Y en el medio quedan flotando las preguntas de siempre. ¿Cómo se construye cultura? ¿Es acaso un fenómeno mercantil que requiere ser tratado en el marco de la concepción clásica de la economía liberal? ¿O es un hecho que trasciende a la rentabilidad y merece un régimen de mecenazgo desinteresado en pos del interés y el enriquecimiento espiritual colectivo?

Tampoco seamos ingenuos. Hoy por hoy, la idea de un artista que sólo desarrolla su obra por amor al arte referencia a un individuo demasiado rico o demasiado hippie. El resto -la enorme mayoría- expresan su creatividad en función de un reconocimiento público pero principalmente económico. Y lo segundo está necesariamente anclado a lo primero. Como cualquier hijo de vecino, el artista también necesita pagar el alquiler a fin de mes. Entonces ¿Es válido hablar de desarrollo de Industrias Culturales?

Florencia nos deja boquiabiertos. Nueva York nos deja patitiesos. Nos deslumbra París, nos maravilla Londres, nos subyuga Berlín. Nos rendimos ante la belleza de Salzburgo, Barcelona, Boston y todas esas ciudades donde la cultura se respira en el aire. Añoramos vivir en una ciudad pletórica de arte con eventos y espectáculos a cada hora de cada día. Una ciudad con una oferta cultural permanente y diversa, que no solamente contemple el “cuartetazo”.

Pero la cultura no se genera espontáneamente. Es un proceso combinado (como en toda industria) de fomento y desarrollo. De formación y aplicación. Cimentar la cultura demanda tiempo y dinero (mucho tiempo y mucho dinero). Pero es una apuesta a futuro. Con los años la rentabilidad que genera supera por mucho la inversión realizada. Y si no pregúntenle a Louise Herron de la Opera de Sydney o a Evelyn Barnes de la Boston Pops.

NO

Seguramente esa fue la visión del desaparecido ex gobernador José Manuel de la Sota cuando ideó reemplazar Secretarías de Estados por un sistema de Agencias de administración mixta (Deportes, Cultura, Turismo, Joven, etc.). Bastante tiempo después, y a pesar de un decreto y dos leyes provinciales de eximición impositiva a las actividades artísticas, la cultura de Córdoba pasa por su peor momento. Pero también pasaba por su peor momento antes de la pandemia; y hace dos años. Y hace cinco también. Casi sin darnos cuenta, poco a poco, las luces que iluminaban las expresiones artísticas de nuestras calles y nuestros barrios se comenzaron a apagar, quedando sólo encendidas aquellas que resultaban institucionalmente funcionales o demagógicamente atractivas. Ya no hay más festivales latinoamericanos de teatro, ni bares con músicos en vivo, ni artistas callejeros (salvo algún que otro volatinero o malabarista en el semáforo). Aquella gloriosa generación de fotógrafos de la Spilimbergo de los 80 no volvió a reeditarse y buena parte de los artistas plásticos locales emigraron tras mejor estrella. Ni hablar de noveles y talentosos escritores de los 90 que por falta de apoyo o proyección terminaron en las garras del periodismo o la publicidad. A pesar de muchos intentos, no pudimos reemplazar a los Ricutti, ni a Posdata, ni a los Navarros en una epoca en la que parecía que podíamos empardar a la trova rosarina. Mientras tanto nos preguntamos a dónde fueron a parar las muestras de videoarte e instalaciones, los boliches con performances y hasta los maravillosos tugurios que todos los fines de semana albergaban espectáculos de stand up. Evidentemente, ninguna expresión cultural se sostiene sin público y desde hace ya bastante tiempo el público de este país tiene otras prioridades, como llenar sus lánguidas heladeras. Allí es donde el Estado debe estar presente para promover la generación de Industria Cultural.

Pero no seamos injustos. La culpa no es de Bedano, ni de Racca, ni de Montoto. Ellos son apenas alfiles que (sub?)ejecutan un menesteroso presupuesto y simplemente cumplen con la ingrata tarea de decir NO. Las páginas web oficiales rebozan de programas en sus agendas culturales, al tiempo que los funcionarios militan una inversión en el área sin precedentes. Sin embargo, la sensación que tenemos los cordobeses es que cada vez somos menos cultos y más netflixdependientes. La cultura es una política integral y compleja que implica no sólo el incentivo sino también la promoción, la difusión y una amplia e integral oferta de atracciones. Abarca el mainstream, el backstream y el crossover. Abarca la orquesta de cámara y el trappero de bondi. Abarca al director de culto y al youtuber “multilikeado”. No alcanza con tener algunos elencos estables que repongan La Casa de Bernarda Alba de vez en cuando, o algunas orquestas estables que toquen el concierto de Las Campanas de vez en cuando, o un par de museos -con las mismas obras de siempre- que abran de vez en cuando, o algún concurso de letras con 30 mil pesos de premio de vez en cuando. Tampoco alcanza con gastarse varios millones en remodelar el Libertador o el Comedia. Son sólo edificios. Cultura es lo que va adentro.

Sí, hablar de cultura es un dolor de cabeza para cualquier gobierno y no es de extrañar que cada vez que los políticos escuchan esa palabra quieran, metafóricamente (o no), “quitarle el seguro a su pistola”. Quizás jamás entiendan, como ya lo han hecho en otras partes del mundo, que la cultura es una industria descomunalmente redituable. Para los artistas, para los productores, para los que trabajan tras bastidores y hasta para el mismísimo Estado.

Aunque es lógico que no lo entiendan. Si fueran lo suficientemente inteligentes para entenderlo no serían políticos.

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