¿CÓMO IMAGINAR UNA SEMANA SIN VIERNES?

La noticia me impactó más de lo esperado. Tal vez por la cercanía que había sentido con él apenas unas horas antes.

Por la tarde había estado hablando de Juan Forn con una amiga, mientras caminábamos por el parque.

Le contaba que la noche anterior había empezado a leer el tomo tres de Los Viernes, el tercero de cuatro libros que compilan sus crónicas publicadas en las contratapas de Página/12 y que aparecían religiosamente el último día hábil de la semana.

Yo le decía a mi amiga que no había podido pasar de la tercera contratapa. No dejaba de sorprenderme. Necesitaba entender cómo hacía para plasmar tan rigurosamente y con esa exquisitez, crónicas tan asombrosas, llenas de información y escritas tan a la antigua: pura literatura.

Una fotografía, la historia de un músico, de un artista, de una cantante. No importaba nunca qué; no se podía hacer más que llegar al final de esas historias que él sacaba a pasear por las playas de Villa Gesell -donde había decidido asentarse tras un coma pancreático- y que terminaban estallando en las cabezas de un país entero que esperaba ansioso el diario de los viernes.

Y que siempre lo dejaban a uno con ganas de más, claro.

En esas contratapas ponía todas sus lecturas, que habían sido muchas. Se trataba de alguien que -se sospechaba con solo leerlo- había recorrido un largo camino. Y lo había hecho: de Emecé a Planeta y de ahí a Radar; de editor y traductor a asesor literario; y de ahí a sus explosivas contratapas.

No por nada en 2007 se quedó con el Konex de Platino en la categoría de Periodismo literario.

Traducía, editaba, dirigía, descubría.

Entonces dejé el libro y me fui a mirar entrevistas suyas. Vi tres; y lo entendí todo.

Juan Forn era un artesano de la palabra. En una de esas entrevistas decía que se divertía mucho rompiendo las formas en todos sus textos, así como los actores juegan a veces a romper la cuarta pared.

De adolescente quiso ser un poeta beatnik y contaba riéndose que usaba la literatura como campo de experimentación y como vehículo para empatizar con los demás. 

Preocupado siempre por la verosimilitud y el rol activo del lector, donó la mitad de los libros que tenía a la Biblioteca de Villa Gesell.

No tuve la suerte de conocerlo. El único contacto que tuve con Forn fue un cruce de WhatsApp, hace dos años. Yo le pedía unas palabras sobre el libro “Las malas”, de Camila Sosa Villada (editado por Tusquets, donde él dirigía la colección Rara Avis y donde se dio el gusto de publicar los libros que más le gustaban) y él, muy amablemente, se disculpaba y me respondía que le resultaba imposible por los tiempos apretados pero que me sintiera libre de tomar lo que quisiera del prólogo que había escrito para el libro.

Un poco más acá en el tiempo, a principios de este año, fui a cenar a casa de unos amigos. El anfitrión tenía en el living dos bibliotecas; una de ellas era de libros “para regalar”.

Me reí escéptica, pero empecé a mirar de reojo y a prestarle atención a los títulos de los lomos que asomaban desparejos. Me parecía el sueño del pibe. El dueño de casa, al ver que yo dudaba, se acercó sonriendo y me dijo: “En serio, llévate los que quieras”.

Entre ellos, me traje a casa María Domecq. Todavía no lo leí.

Pero en una de esas entrevistas que devoré antenoche (por mis ansias de saber, mi admiración por su narrativa y un poco de “envidia” por sus textos) Juan Forn recordó una frase de Leopoldo Marechal que siempre le había gustado y que solía aplicar a menudo: “De un laberinto se sale siempre por arriba”.

Y yo, que llevaba meses intentando salir del laberinto en el que me encontraba, después de  haber pasado ese rato a solas con él, leyéndolo y mirando sus entrevistas, había logrado por fin alzar la vista y había mirado hacia arriba.

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